Gonzalo de Lucas: “Tenemos que crear espacios de trabajo para que los jóvenes muestren su visión cinematográfica”

26/10/2018

Entrevistamos a Gonzalo de Lucas, tutor de los proyectos finales de dirección en el Grado de Comunicación Audiovisual de la UPF. La cantera del cine se forma con éxito en la universidad pública. Con él hablamos del Grado, pero también de las películas que han conseguido hacer el salto de la universidad a las pantallas de cine, los festivales y los premios.

Yo la busco, Las amigas de Àgata o Júlia Ist son películas que han surgido de la Universitat Pompeu Fabra. Se está dando a conocer el trabajo de la universidad como tutora de este tipo de proyectos. No sólo por sus estudios sino también para dar la oportunidad a sus alumnos de dirigir por primera vez. ¿Cómo nació este proyecto?

Ideamos una transformación del concepto del trabajo de fin de grado, que hasta entonces eran trabajos que se quedaban casi siempre limitados al ámbito universitario. Pensamos que teníamos alumnos con mucho potencial, y que a lo largo de un año se podía crear un espacio de reflexión, trabajo y creación, donde se podían desarrollar largometrajes, por ejemplo, que después tuvieran visibilidad pública.

La producción de estas pelis se enmarca dentro de las posibilidades específicas que tiene el trabajo dentro del espacio universitario. Por ejemplo, se aprovecha al máximo que los estudiantes tienen tiempos para investigar, pensar, trabajar y formar un equipo en común. Los proyectos se hacen por grupos de 4 o 5 alumnos habitualmente. Esto crea una dinámica muy fuerte de confianza, de colaboración e intensidad compartida. Es un privilegio que se produce en este momento formativo y de la vida, cuando encuentras gente con la cual tienes sintonía y unas experiencias comunes a expresar, y todavía no hay una presión económica. Para ellos ya no es sólo un trabajo más del grado, sino su primer proyecto de creación en términos profesionales casi.

Pero antes de que nada, este es un proyecto formativo. Creemos que la universidad es un espacio en que el estudiante tiene que ser activo y protagonista. Se aprende mucho más desde la implicación, dando lo mejor de un mismo, disfrutando y en plena absorción, haciendo un proyecto que te motiva. También es muy importante la interacción con los profesores, cineastas o tutores, el diálogo personal. Finalmente, se propicia que aprendan haciendo un proceso complejo, tal como es hacer una película. Nosotros no vamos al rodaje, hay plena confianza en su autogestión de la producción, las películas las hacen ellas... Además, se trata de focalizar en un solo proyecto, sostenido y madurado (mientras que hoy en día es muy habitual que hagamos muchas cosas a la vez, que dejamos a medias o en las que no profundizamos).

Fomentamos, además, que estos proyectos preserven un carácter inmaduro, imperfecto, amateur, en vez de que pretendan ser muy profesionales, en un momento en que los estudiantes todavía no tienen estas competencias técnicas ni tampoco experiencia. También los decimos que no quieran hacer la peli que harán a los 30 años sino la que pueden hacer ahora, a los 20. Ha sido bonito ver que la buena respuesta de muchos espectadores, festivales, críticos o productores ha apreciado esta naturaleza más específica y genuina. En este sentido, para todos es muy estimulante ver que hay un contexto que está abierto a apreciar estas pelis, y dispuesto a ponerlas junto a películas profesionales y hechas con mucho dinero.

 

Respecto al equipo del proyecto, ¿forma parte todo del grado de dirección o hacéis un mix con el de guion?

Hay el itinerario de guion y el de dirección por separado, pero a veces puede haber proyectos híbridos: donde alguien está desarrollando un guion y lo trabaja conjuntamente con dirección. Hablo de largometrajes, pero también se hacen cortos, series de televisión, es bastante variado. Y somos diferentes tutores. Por ejemplo, dentro de dirección, Jordi Balló se encarga de tutorizar los documentales y proyectos de nuevos formatos y televisivos, y yo de las ficciones cinematográficas. Los equipos de los proyectos se pueden repartir como quieren, sin jerarquías. Por ejemplo, Las amigas de Àgata eran cuatro directoras que lo hacían todo: el guion, la fotografía... Era un grupo muy cohesionado que había trabajado ya conjuntamente en muchas prácticas y que se entendían muy bien, estaban muy sincronizadas. Pero otros hacen la dirección en solitario, como Elena Martín en Júlia Ist o Sara Gutiérrez, con Yo la busco. En los rodajes a veces interviene gente de otras escuelas. Es un aspecto que nos interesa mucho. Para mí, este proyecto tiene que ver con el contexto formativo y cuanto más abierto sea, más complicidades tengamos y puntos de conexión con lo que están haciendo en otras escuelas, mejor. Que no se vea como una cosa específica de una universidad.

Ahora bien, la Pompeu Fabra es una universidad pública, y como tal tiene el reto o el objetivo de crear un puente con la sociedad para estimular y mostrar las ideas de los jóvenes, pero se trata de mejorar entre todos este espacio común, y dar visibilidad a la creación de los jóvenes. De hecho, es difícil que después les den la oportunidad de hacer una película, y en cierta medida se tiene que violentar un poco el sistema. No es casual, en este sentido, que salgan tantos proyectos de chicas, cuando sabemos que después hay una desproporción de género y pocas llegan a dirigir. Y esto provoca que nos perdamos sus historias, experiencias, visiones. Por ejemplo, muy a menudo en el cine si hay una mujer protagonista, tiene que tener una “gran” historia dramática detrás. Pero no por fuerza es así.  De hecho, se hacen muchas pelis sobre las pequeñas cosas que les pasan a los hombres, pero cuesta más de aceptar si son mujeres. Ahora hay cambios interesantes en esto, y se están expandiendo las narrativas. 

 

¿Cómo funcionan los talleres, como escogéis los profesores y cuál es su tarea?

Normalmente son cineastas que conocemos personalmente y que están muy comprometidos e implicados con esta tarea de transmisión, y a los cuales les gusta trabajar mano a mano con los alumnos. El año pasado tuvimos a Jonás Trueba, Carla Simón o Javier Rebollo. También han venido otros muy importantes en la historia de este proyecto, como Elías León Siminiani, Mar Coll o Isaki Lacuesta. Este curso se incorpora Carlos Marqués-Marcet. Ellos intervienen a través de unos talleres que hacemos en colaboración con la SGAE, que desde hace cuatro o cinco años los subvenciona. Es una suerte poder contar con ellos.

Desde el punto de vista pedagógico es muy bueno para los estudiantes, porque han visto Verano 1993 y les ha encantado, pero de repente tienen al lado a Carla Simón trabajando con ellos, de una manera muy directa. Los talleres también les motivan mucho porque tienen que presentar los proyectos en público y esto les hace trabajar mucho para poder aprovechar bien el diálogo.

En las tutorías y los talleres se trabaja para descubrir y abrir las metodologías de creación, hacerlas más diversas, flexibles, sin generar un estrés o presión excesiva, como se produce por ejemplo cuando concentras toda la producción, todo el dinero, en un rodaje muy concentrado, costoso, con un equipo muy grande. Más bien, este es un proyecto muy bonito para probar cosas con más ligereza, para equivocarse, para encontrar tu estilo y sentirte a gusto durante el proceso.

El año universitario, pues, es un proceso de investigación sobre un proyecto y, por ejemplo, aconsejamos bastante trabajar mucho y de forma muy cercana con los actores, incorporarlos bastante pronto en el proceso. A veces veía que se trabajaba mucho el guion y se descuidaba la elección final de los actores, y creo que a menudo es un error. Además, aquí hay actores jóvenes muy buenos, algunos están haciendo un teatro muy interesante y personal, y se implican mucho en este tipo de proyecto. Los estudiantes trabajan con los actores durante un año, y como no tienen mucho tiempo para escribir un guion muy sólido, van construyéndolo con ellos y grabando escenas que de alguna manera les enseñan lo que hacen mal o lo que no les gusta. De repente, encuentran las escenas donde se sienten identificados, el tono que quieren. Lo que fomentamos es que acaben con 15 o 20 minutos de material con el cual tengan confianza. Cuando esto sucede, todos continúan uno o dos años hasta acabar la película, y aquí es donde intervienen las productoras. Así nos saltamos también el marco un poco rígido del espacio universitario, de un curso o un trimestre.

Se produce un diálogo entre la universidad como espacio de investigación y el mundo de las productoras como espacio de colaboración con la gente joven. Los alumnos se dan cuenta que tienen interlocutores fuera de la universidad que confían en lo que hacen, y que respetan esta idea de ensayo-error, de rodar, montar, reescribir, volver a rodar, etc.

Y después, también es un impulso la respuesta que se ha recibido desde fuera, y sé que cada vez hay más productoras que se han ido implicando, como Lastor Media lo hizo en su momento con Las amigas de Àgata y Júlia Ist. Ahora, casi todos los proyectos en un momento determinado encuentran una productora cómplice que confía en ellos.

Para volver a la naturaleza de los talleres y las tutorías. Le damos mucha importancia en este primer año a lo que denominamos el corazón del proyecto, a la raíz emocional de aquello que quieres mostrar, seguramente la peli que tienes dentro y que hay que encontrar en un sentido profundo. Cuando esto se identifica, que en términos verbales es una cosa muy breve, realmente los proyectos se orientan muy bien. Y cuando se han acabado, es bonito volver a aquellos documentos y ver que la película responde exactamente a aquel corazón. Queremos poner esta parte emocional en primer término, puesto que a veces en las escuelas no se llega, se da mucha más importancia a la técnica. Y bien, en el proceso se intenta desarrollar el pensamiento visual y sobre todo descartar, eliminar, quedarte y sostener una idea pequeña que se pueda hacer expansiva, matizada o compleja, en vez de acumular muchas ideas u ocurrencias que acaben dando una forma más arbitraría, menos orgánica.

 

Precisamente, a veces se da más importancia a la técnica cuando te estás formando, ¿no?

Estoy convencido que al final lo que se te queda de una película es lo que has sentido al verla y qué tipo de emoción, sensorialidad y ritmo te ha generado internamente. Le damos bastante importancia a conseguir que los actores tengan autenticidad o naturalidad, que te los creas, o que no haya unos diálogos sobrescritos. Quizás no son grandes dialogistas todavía, ni pueden escribir grandes guiones, así que se tienen que trabajar un poco con el potencial específico que tienen en este contexto. Después cuando hagan la segunda película ya se encontrarán en otro, pero en este momento formativo es bueno, creo, que no hagan las pelis como las harían con dinero. Estarían haciendo un simulacro que los limita.

 

Hay ficción que es lo que más se conoce, pero también documental. ¿Quizás los y las alumnas tiran más hacia la ficción?

De hecho, el primer largometraje que se estrenó dentro de este proyecto y tuvo repercusión, es el documental Sobre la marcha de Jordi Morató. Se estrenó al festival de Rotterdam y ganó el premio iberoamericano Fénix a mejor documental. Una peli así, surgida de la Universidad, fue muy significativa por nosotros. Y el año pasado se estrenó Clase valiente, sobre el lenguaje político, que también ha estado a festivales y ganó el premio Abycine al mejor film. La Pompeu tiene bastante tradición dentro del documental, con muchas pelis importantes que han surgido del Máster de Documental de Creación. Y el sustrato documental es muy valioso para inyectarlo también a la ficción, por ejemplo, con la veracidad que se puede conseguir trabajando con los intérpretes, que más que interpretar escenas, pueden llegar a vivir las situaciones planteadas. 

 

La universidad tutoriza, pero ¿ayuda o aporta financiación a los proyectos?

Tienen también unos tutores de producción: Sergi Moreno, de Lastor Media, y Aitor Martos. Con ellos trabajan el diseño de la producción. Pero estamos hablando de proyectos de universidad, y creo que sería un error someterlos a una gran presión económica. Hacer una primera peli, cuando no estás muy preparado, tiene muchos riesgos porque se te puede ir de las manos, las inercias profesionales pueden ser demasiado fuertes y que no te dejen ningún espacio para la duda ni propiamente para el descubrimiento creativo en el rodaje. Es mejor trabajar con tiempo, relajadamente, gestionando el ritmo del proceso según cómo va saliendo la peli, como se va trabajando con el equipo. Creo que así tiene muchas más posibilidades que la gente que la hace se sienta bien e implicada, y pueda dar más de sí, que cuando estás creando con una presión demasiado fuerte en un momento tan inicial.

 

¿Cómo hacéis la conexión con la industria, mediante pitchings?

De maneras diferentes. A través de algún pitching que hemos montado. No los hacemos cada año, depende. Otros porque los alumnos conocen una productora, por productoras que nos han preguntado si teníamos proyectos, por profesores que conocían una productora y pensaban que podía tener una sensibilidad cercana a aquellos proyectos... Alguna a través del Clúster del Audiovisual, que es una iniciativa interesante por ellos. Creo que hay una cierta receptividad de algunos productores, de querer ver qué está haciendo la gente que empieza. Se acercan bastante. No somos nosotros que los estamos buscando. Se ha dado de una forma muy orgánica.

 

¿Os ha sorprendido el éxito de películas como Júlia Ist o Las amigas de Àgata?

Lo cierto es que sí, porque nosotros trabajamos para que los estudiantes aprendan y acaben con ganas de hacer más proyectos. Pero el mundo de la industria trabaja con mucha promoción y presupuesto y nunca sabes si producciones tan pequeñas pueden tener encaje. Fue muy bonito y sorpresivo, sobre todo porque dentro de este aprendizaje para ellas también es muy valioso encontrarse con distribuidoras, hacer entrevistas, presentar las películas... Esto son experiencias que se han añadido y que complementan todo el proceso. Y también sentir que tienen espectadores y hay visibilidad con lo que han hecho, cierra muy bien todo. Nos muestra que hay un contexto más abierto de lo que creemos.

 

¿Crees que influye en los alumnos que están ahora haciendo sus proyectos al pensar: nosotros podemos llegar allá?

Han creado expectativas, que siempre se tienen que controlar, porque no tienes que hacer una película para tener éxito, puesto que seguramente la pensarás mal. La tienes que hacer porque tienes algo dentro que quieres descubrir y mostrar, y porque quieres profundizar en las potencialidades específicas del cine. Tenemos gente con 21 y 22 años que tiene una motivación muy fuerte y muchas ganas de trabajar. Se tiene que tener confianza en ellos, y en todo lo inesperado que harán. Yo creo que a veces hay un cierto paternalismo con los jóvenes, se piensa que no están preparados, que no sabrán hacer nada... Pero al final todos nos espabilamos y si les muestras esta confianza, ellos responden muy bien. Ahora ya saben que cuando lleguen al último curso, si quieren hacer una peli, hay toda una estructura, con los talleres de la SGAE con los cineastas, o unos festivales que han mostrado interés por estas pelis, y que si todo va bien pueden acabar con una peli que, incluso, se estrene.

 

Hay muchos alumnos que hacen proyectos de fin de carrera, pero no vuelven a dirigir, aunque trabajen al sector, por ejemplo.

En este sentido, es muy importante que cada cual encuentre su espacio, fomentamos mucho que la gente haga dirección de arte, fotografía o producción. Para mí sería lo más deseable, que salgan buenos productores jóvenes y creativos, y creo que se tiene que estimular al máximo. Estos grupos se van también repartiendo las tareas y es importante que acaben satisfechos del proceso que han vivido. Al final es como hacer un viaje con amigos, poder compartir con gente con la cual te entiendes muy bien un tiempo largo de creación y trabajo.

 

¿Hay mucha gente que tiene la idea de director o directora y faltan más alumnos que se decanten para hacer producción o fotografía?

Se reparten las tareas de forma muy natural, no hay problemas al respeto. La idea siempre es que la película es de todos. Y es que realmente es así, porque si no, no la podríamos hacer. Si tratan al otro como un subalterno, a quien además no pagan, no dará el mejor de sí mismo, pero si esta persona se siente totalmente implicada, seguramente la creación común se fortalecerá y todo saldrá mucho mejor. Esto es fundamental. Intentamos que partan de la modestia. El cine se hace mucho mejor con modestia que con un ego muy subido. Parece una tontería, pero es muy importante. A veces hay la idea que la mirada del director lo es todo, pero casi todo el cine se hace en equipo, y por esta razón a veces es mucho más importante saber formarse y aprender a trabajar bien.  Son ideas que parecen secundarias, pero que son muy importantes porque si no, se echa a perder todo el proceso.

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